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domingo, 19 de julio de 2009

DE TAPA EN TAPA Y DE CALLE EN CALLE

Pocas cosas más agradables hay en la vida que salir de tapas con la familia o los amigos. Sobre todo ahora que el sol calienta, que el día es largo y la noche corta. En mangas de camisa se entona mejor el cuerpo.

El tapeo es una institución española en la que los jugos gástricos excitan la conversación simpática, esa conversación que mueve el músculo de la risa y el ingenio y que se extiende desde la brava y verde Asturias del Norte a la Tacita de Plata del Sur, atravesando las dos Castillas por muy cultivados campos de “caldos” y poniéndose por bandolera, que no montera, entre pecho y espalda, cuando es necesario, que siempre lo es, la marisqueña Galicia, la pimentona Extremadura y el Levante arrocero, por no decir, además, la Rioja esparraguera o la Cataluña de la butifarra. Las patatas revolconas del Barco de Ávila son distintas a las de Salamanca, pero compatibles ambas, así como sus famosas judías blancas no deben desdeñarse por los judiones de la Granja, tan corajudos ellos. Abismal es la diferencia entre el pescadito frito de las “maritatas” de Cádiz –así llaman allí nuestro tapeo- y el chorizo de Cantimpalos a la brasa de la mostela, pero todo lo que entra por el ojo engorda y lustra la piel, convertido en menú de degustación.

Pinchar se le da al español como a nadie, porque tiene costumbre, porque tiene salero, porque tiene “tierras de sabor” y le gusta “descubrirlas y sentirlas”, como hacían don Quijote y Sancho por la Mancha, de donde acabo de volver y verlo, (¡Mecachisenlamar, qué sustanciosas las ofrecían en Sigüenza, a euro la pieza, en los callejones que van de la catedral al castillo-parador!) o como hacía Silvia Clemente, la Consejera de Agricultura de la Junta de Castilla y León, el otro día, en el teatro Juan Bravo de Segovia, animando al personal a salir de tapas de bar en bar, de vino en vino y de calle en calle, para animar las Fiestas de San Pedro, San Pablo, San Frutos o San Geroteo. El caso es echárselas al estómago porque están a pedir de boca.
A tapear y papear, que hay premios. Y sin rechistar, como se manda en el azulejo donde acabo de tomarme el aperitivo:”La tapa que aquí te damos/ es obsequio del patrón./ Si protestas la quitamos./ Tú no seas protestón,/ que ponerla nos cuesta/ casi un riñón”. Ea.
Apuleyo Soto (ACLEPT)

jueves, 16 de julio de 2009

DE DÓNDE ES EL COMUNERO

Mira por dónde, en una escapada fortuita a Atienza, en cuyo castillo rocoso hizo parada y fonda el Cid camino de Valencia y acaso también camino de Toledo, me doy de bruces con una placa mural que reza así: “En esta Casa nació el heroico comunero Juan Bravo, Capitán General de Segovia, que dio su vida por celoso del bien público y defensor de la libertad del Reino”. No se dan más detalles. La lápida adorna escuetamente la fachada de una casa antigua situada en la Plaza de España y se distingue con claridad si se baja a ella desde la Plaza del Trigo o del Mercado, atravesando el arco de Arrebatacapas, así llamado por el viento que allí se enfilaba hacia el centro de la Villa y que hacía perder las capas y los sombreros a los muy caballerosos “atenzinos”.
Mientras tomo nota del detalle histórico-artístico, se me acerca don Julio Fernández, hombre ilustrado, archivero amateur y polemista dueño de una facundia impresionante:

-Así que ustedes se lo toman por segoviano, ¿verdad? Pues no. Nació aquí, donde usted lo ve, en esta Atienza que fue superior en curas y en haciendas a Sigüenza. Y si no se lo cree, hurgue en los archivos. Superó los doce mil habitantes, y envidia nos habían por los alrededores. Por Segovia también.

Tan apodícticas aseveraciones me llevan a hojear, de regreso a Madrid, las “Memorias de Juan Bravo”, escritas por mi dilecto amigo de Navares de Ayuso, Tomás Calleja Guijarro, a las que califica el maestro de historiadores don Manuel Ballesteros Gaibrois como “obra admirable por el arte del autor en la reconstrucción del dramatismo del mundo castellano”.

En el capítulo I de esas “Memorias” efectivamente Juan Bravo confiesa: “Si el mero hecho de haber visto la luz en un lugar determinado da la razón de ser, o sirve para fijar la naturaleza de una persona, yo no soy segoviano porque no nací en Segovia. Pero sí soy segoviano porque disfruto con la simpatía, honradez y hospitalidad de sus nobles gentes desde hace muchos años y porque éstas me han honrado considerándome uno de los suyos y depositando en mi toda su seguridad”.

Casi eterno es el dicho: “Más que de donde nace, uno es de donde pace”. Y con esta consideración me quedo. Pero es que, además, ¡son de carácter y temperamento tan semejantes los segovianos y los alcarreños! ¿Y el pueblo de Caballar no tiene nada que ver con la caballada famosa de Atienza? ¿Y sus colinas calcáreas? ¿Y…?
Apuleyo Soto (ACLEPT)

lunes, 13 de julio de 2009

LOS PUEBLOS ROJOS Y NEGROS SEGOVIANOS Y ARRIACENSES


Vaya de entrada una explicación del título, por cortesía con el lector. Arriacense es el gentilicio de los naturales de Guadalajara, capital y entorno, aunque el vulgo prefiere usar alcarreño, que es dulce como la miel, sí, pero alude a una sola de las cuatro comarcas de la provincia, y la ley del mínimo esfuerzo mental ordenaría decir “guadalajareño”, que también se usa, a pesar de ser un término larguísimo y de indigesta pronunciación.

Pues por esos singulares y olvidados y compartidos pueblos de la iberorromana Arriaca, que merecerían ser nombrados Patrimonio de la Humanidad en un segundo intento, y en los que confluyen trazos de Segovia y Guadalajara más del sureste de Soria, integrando bellezas paisajísticas como el Hayedo de la Tejera Negra, el más meriodional de Europa junto con el de Montejo, en Madrid; por esos pueblos alucinantes, digo, -Cincovillas, Albendiego, Campisábalos, Matallana, Tamajón, Majaelrayo…- he peregrinado durante el fin de semana, en búsqueda del secreto relajante de la suprema soledad.

Citas como ésta (con el morbo añadido de una jornada lúdica natural a módicos precios -senderismo, tiro al arco, escalada, singladura en canoa…- por la Laguna de Somolinos y alrededores en el nacimiento del Bornova, al pie de la Sierra de Pela, colindante con la de Ayllón, o ya un poco más abajo y alejadas, las Hoces del Río Salado y las curiosas salinas de Imón…), las promociona la sección de Turismo de la CEOE arriacense a fin de diversificar la proyección gastronómica y cultural-artística de la zona, enfrentándose a la competitividad rampante que existe en la oferta viajera. Es algo distinto, tentador, sanador y sedante.

Lo más fructífero e interesante sería englobar esos poblados con sus hermanos segovianos -Alquité, Madriguera, Becerril, El Negredo, El Muyo…-y descender desde ellos hasta Atienza, cuna del comunero Juan Bravo, en una panorámica del románico rural de Silos- Fuentidueña, con influencias localistas mudéjares y del Císter. Su despoblación galopante no tiene otra redención que los servicios hosteleros, aunque estén copados en gran medida por muchachotes rumanos y búlgaros. ¡A por ellos, que son nuestros!
Apuleyo Soto (ACLEPT)